Al observar la actitud y el discurso de la curia diocesana ante los recientes acontecimientos relacionados con la Hermandad de la Oración en el Huerto, cada día estoy más convencido de que el siguiente paso será el auge de las asociaciones civiles, las llamadas "hermandades piratas". Los dirigentes de la Hermandad del Huerto han optado por una salida razonable: alejarse de dos problemas concretos y continuar su camino con equilibrio dentro de los parámetros de la Iglesia. Sin embargo, temo que este comportamiento no se repetirá con la misma frecuencia en el futuro. En un contexto social como el actual, lo que se avecina es una salida de la Iglesia, con la integración en una realidad social paralela que, en otros lugares, ya ha alcanzado un grado considerable de consolidación.
Con frecuencia nos quejamos de la falta de profesionalismo en diversos sectores: el vendedor que no sabe vender, el fontanero que no logra solucionar una fuga, o incluso el periodista que comete errores ortográficos. Esta falta de preparación también se refleja en nuestra Iglesia. Los sacerdotes parecen haber perdido la capacidad de predicar el Evangelio, de orientar a la comunidad en la fe y de transmitir la doctrina cristiana con claridad. Ante la falta de vocación y liderazgo, se opta por abrir las puertas de la Iglesia (puertas que siempre estuvieron abiertas para quienes desean entrar), pero esta vez con la intención de que algunos salgan, tal vez para no regresar nunca. Este fenómeno no es exclusivo de la Hermandad del Huerto; es una tendencia recurrente, aunque a menudo preferimos mirar hacia otro lado.
El problema de mirar hacia otro lado es que, con el tiempo, esa indiferencia puede convertirse en una realidad palpable. Y eso es precisamente lo que ya está ocurriendo en otras localidades, donde asociaciones mal orientadas, pero bien intencionadas, deciden seguir dando testimonio de fe a su manera, buscando apoyo en políticos y empresarios. Y no nos engañemos, lo encuentran. Hay políticos que, con las manos frotadas, se preparan para apropiarse de nuestras instituciones religiosas, con fines que distan mucho de los intereses espirituales.
En varios barrios de Sevilla se están consolidando realidades cofrades que poco o nada tienen que ver con la Iglesia. Son entidades que procesionan y salen a la calle, pero a las que la propia Archidiócesis ha dado la espalda. Un ejemplo claro de esto ocurrió el pasado mes de enero, cuando el pleno del Ayuntamiento de Sevilla, por primera vez en la historia, aprobó la rotulación de una calle con el nombre de la asociación "Amigos de la Cruz" en el barrio de La Carrasca. La decisión se justificó en base al "compromiso solidario y el buen hacer con el barrio y su patrimonio social", según las autoridades municipales.
Es hora de que los sacerdotes dejen de vivir alejados de la realidad y retomen su verdadero papel como pastores, apoyando espiritualmente a su rebaño. Porque si hay una ciudad que simboliza la soberanía y la libertad, esa es Cádiz, para lo bueno y para lo malo. No sea que, en vez de adoptar las cosas buenas de la Madre y Maestra de Andalucía nos dé por adoptar precisamente esta nueva forma de entender la religiosidad popular, tan ajena a la doctrina de la Iglesia.