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Una feminista en la cocina

Entre Sevilla y El Puerto

El cansancio es más terco que la depresión. Ésta más insistente que la pena, que no es la mujer del pene sino una horca de concertinas clavadas al cuello.

Publicado: 24/05/2023 ·
09:29
· Actualizado: 24/05/2023 · 09:40
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Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio:

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Puente del Centenario.

Sevilla es pañuelo de mis lágrimas porque se las lleva deshechas a mitad del río. Lo fue en su momento el caminito de las Dunas que desembocaba en la piscina municipal donde nadaba el niño hasta las once de la noche. El cansancio es más terco que la depresión. Ésta más insistente que la pena, que no es la mujer del pene sino una horca de concertinas clavadas al cuello. Cada día que me levanto, veo el sol y disfruto la lluvia, abrazo al Levante y me refresca el Poniente. Pongo toda la carne en el asador, pero no me quemo, ni me duelen por dentro más que las articulaciones porque envejezco en el reloj del tiempo que no para por nadie. Hacen siete en un día como hoy. Siete largos, larguísimos años sin ti. 84 meses malos, espurreados como la arena debajo del mar, con algunos muy buenos. Más de 2500 soledades que he sobrellevado amándote, odiándote, pero sobre todo echándote de menos al nombrarte sin que vuelvas. No tengo la menor duda de que en los primeros tiempos te hubiera enterrado en el cementerio de animales de King para que revinieras aun maldito, porque la soledad hiere hasta al más duro. Ya no estamos en esa época, pero aun te pienso.

La vejez se está haciendo dueña de mis huesos, las arrugas de la piel de mi cuerpo, sin que estés tú para regalarme abrazos que me dejaran molida, ni risas que hicieran que las patas de gallo tuvieran un significado festivo. El amor cuando se acaba, mata el alma, que como los cactus vuelve a vivir pero acumulando espinas. Han pasado soles, estrellas, muertos y vivos. Han crecido los niños que ya no lo son y han muerto los que se codeaban con la ancianidad. Los amigos de mis padres ya son recuerdo, igual que ellos y solo Mercedes sobrevive de aquella manera que los hijos dolemos, porque ya no son lo que fueron sino caricatura de ellos mismos. La vida se burla de todos nosotros, de los que caemos jóvenes, de los que llegamos a viejos. La vida es una ingrata madrastra que solo ve lo que quiere, porque sin sentimientos nos hiela de frío o nos fríe de calor; Nos enloquece y trastoca sin darnos cuenta que solo somos peones en sus manos. En cambio, con el amor la hundimos en la miseria, porque nos hacemos dioses sin peana, ni evangelio, erráticos y más humanos que nunca abocados al dolor, la pena o la miseria si se terminan los créditos. Pero mientras dura, ay mientras dura. Épico. Es por eso que acabar la vida sin tenerte, se me hace bola en la garganta y si te pienso y me pienso en esas sillas de playa amarradas, en esas miradas sin hablar o en esos cuerpos que envejecían juntos, Sevilla se me derrama por las mejillas y ni siquiera el plateado del río o la portada de la Feria pueden hacer que mis labios se eleven en una efímera sonrisa. Porque el río está ahí desde siempre, y la portada se pone y se quita igual que los trajes de flamencas con entramados y faldones, pero tú no porque emigraste sin mí a un reino donde ni las lágrimas, ni los besos, ni las suplicas te afectan.

Supongo que por eso, no me escuchas ni cuando te llamo, ni cuando te lloro, ni cuando me lamento. Y sin embargo, te siento como las médiums, algunas veces tan cerca que creo que estoy perdiendo el norte que nunca tuve porque siempre viré para el este o el oeste. No me da miedo el dolor. Ni la pena que no es la mujer de nadie más que la compañera de los que pierden corazón y compañía en el trasiego. Me lo da el no poder hablarte como ahora, el que no me importe nada, el que ya no estés porque nadie recuerde esos abrazos que dabas, ni ese amor que parecía de perro de tan puro como era. Porque… ¿quién nos quiere más que nuestro perro? ¿Quién más fiel o leal con el que podamos contar? ¿Quién más limpio que tú, quién más bueno? Mi mano aun te busca entre sueños y te sueño joven como eras, inmortal y revenido a mí que me despierto vieja y ajada. Solo fui una diosa a tus ojos, a las yemas de tus dedos, a tu saliva y tu cuerpo entrelazado por siempre con el mío. Han pasado siete, pero si te pienso, solo ha sido un momento porque estás ahí parado frente a mí, sonriéndome de nuevo. No tengo que contarte nada, porque lo sabes todo, porque siempre estás ahí, cuidándome.

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