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Viernes 27/01/2023  

Una feminista en la cocina

Cómo pararle las patas al tiempo

Pobrecita ella que ya no verá su vida cabalgar por otros derroteros, ni a sus hijos hacerla abuela, ni los atardeceres alaveses haciéndose rojos y malvas

Publicado: 22/10/2021 ·
08:43
· Actualizado: 27/10/2021 · 10:11
Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio:

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La mujer de 36 que ha sido asesinada en Álava, no sabía que lo sería y menos a manos de su marido. Sí sabía que se iba a divorciar y seguro que tendría muchos planes hechos para tal eventualidad,  pero no para la otra. Seguro que no, porque ha dejado huérfanos de 13 y 17 que se las van a ver crudas. Ya se lo digo. Las madres somos así… pensamos en todo, antes que en nosotras mismas. Por eso ni lo intuyó, ni lo pensó y ni siquiera pudo defenderse del ataque que acabó con su vida. Él dicen que sí. Qué lo había dicho muchas veces, pero ya ven quién va a

Cartel contra la violencia de género.

creer en las bravatas de un tío que no acepta que su mujer lo deje. Pobrecita ella que ya no verá su vida cabalgar por otros derroteros, ni a sus hijos hacerla abuela, ni los atardeceres alaveses haciéndose rojos y malvas en cielos invernales y gélidos. Pero lo que más me angustia es esos críos tan necesitados de una madre que los sostenga y guie. Porque ahora entrarán en el sistema con ayudas y bonificaciones, pero si no tienen un ancla a la que agarrarse la corriente los succionará como si fueran pececillos de plata en el fondo de una biblioteca olvidada. La encerró en el balconcillo de la cocina para degollarla. Se encerró en su furia ciega él, en el miedo a la cárcel o la mirada despreciativa de la gente para asestarse cortes y clavarse el cuchillo al cuello. No se entregó más que muerto, más que muerta la entregó a ella, a la libertad que finalmente supo robarle.

Ha muerto porque ha sido asesinada, que no se nos olvide. Ha muerto por querer dejar atrás lo que no quería tener  a su lado. Sus hijos dicen las crónicas de papel que no vieron nada, pero ¿tampoco oyeron nada? No me lo creo. Porque una casa es de cristal cuando se ejerce la violencia en ella. Me corroen las dudas sobre cómo fue la infancia de esos niños. ¿Eran víctimas calladas de la furia que ejercía su padre o fue un arrebato momentáneo el que llevo a este hombre al asesinato?¿ Fue –entonces-una desesperante tragedia la que destruyó este hogar?…Pero no, déjenme decirles que la violencia machista lo impregna todo como un cáncer maligno y terminal que hasta que no acaba con la vida del huésped no está satisfecho aun matándose a si mismo. Carcome a las victimas sin ser callada, ni tranquila, ni momentánea. Puede parecer que sí porque la noticia aparece en prensa, la leemos y apartamos la mirada como cuando encontramos un perro atropellado en la carretera o un vómito en la acera. Pero los hechos nos demuestran que es delicada como tela de araña que atrapa a la víctima y a todo lo que la rodea, destruyéndola. Por eso pienso en ellos, en los de 13 y 17 y temo por el futuro que le espera. Dobles huérfanos que masticarán esta etapa de su vida con desesperación y llanto. Que nadie comprenderá por mucho que tenga un título de psicología porque hay que vivir el dolor y la muerte oliendo a sangre por las nasales para ponerte en la piel de ese otro que ante ti sucumbe y pide ayuda. Hay que ser muy fuerte para prosperar cuando se está roto porque te han aserrado las alas en tu propia casa.

 

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